
¿Te fías de la carne que consumes?
Superada la crisis de las vacas locas, ¿confiamos los españoles en la carne que comemos? El estudio La calidad de los alimentos de origen animal, realizado por diversas organizaciones del sector alimenticio, apunta a una cierta desconfianza, ya que se ha registrado un descenso en el consumo de carne de vacuno y cerdo y un aumento del pollo. Según el informe, nuestras prioridades en estos alimentos son la seguridad, el valor nutritivo, las características sensoriales y la alimentación de los animales.

El médico me ha dicho que tengo una deficiencia proteica y que debo ingerir aminoácidos. ¿Cuáles son los más recomendables?
Los aminoácidos son sustancias básicas para la vida, pues forman las proteínas. Podemos encontrarlos en diversos alimentos salvo en aquellos altamente refinados como los azúcares y las grasas. Sin embargo, los aminoácidos más recomendables para deficiencias marcadas son los aminoácidos libres. Estos corrigen la deficiencia de proteínas alimentarias de algunos aminoácidos esenciales que nuestro organismo no puede formar y que diariamente necesitamos en niveles óptimos para evitar el deterioro de nuestras proteínas esenciales para la salud. Además, producen efectos farmacológicos que aumentan nuestras defensas y favorecen la formación de neuro transmisores y hormonas. Entre estos aminoácidos libres uno de los más importantes en nuestro medio es la lisina. Ya que es el aminoácido que más falta en los cereales. Mientras que nuestras proteínas principales como la actinomiosina del músculo y la albúmina de la sangre contienen aproximadamente un 10% de lisina, las proteínas de los cereales que más consumimos sólo contienen entre 2 y 4% de la misma. La proteína de la harina de trigo un 2.3%, la proteína del maíz un 2.7% y la proteína del arroz un 3.8%. En el caso del trigo se agrava aún más la situación, al perderse una parte de la lisina con el proceso de refinamiento. La lisina debe estar presente en cantidades relativamente altas en nuestras proteínas alimentarias, no sólo para que nuestro organismo las aproveche, sino también porque cumple funciones especiales contra varias enfermedades. Permite inhibir varios agentes virales como los del herpes; aumenta la asimilación de los carotenos y las xantofilas de las plantas, ambos poderosos antioxidantes. Está comprobado también que reduce los estragos producidos por el envejecimiento y la diabetes, mantiene la elasticidad de la piel de los tendones y del colágeno, además de aumentar nuestras defensas. Con la lisina se logra un buen balance de los aminoácidos, reduciendo así la formación de productos de desecho como la urea y asegurando un óptimo aprovechamiento proteico. Por lo tanto, reponer adecuadamente la lisina en nuestro organismo resulta esencial y ya sabemos que esto se puede lograr sin los efectos nocivos de las diferentes carnes animales que muchas veces pueden estimular la autoinmunidad característica de muchas enfermedades. Te recomendamos este sitio plantas medicinales.

LACTOBACILOS DEL YOGUR.
En la fabricación del yogur y demás derivados lácteos, los lactobacilos que se emplean son el acidophilus, el casei, el bulgaricus y el bifidus. Sin embargo, para su utilización deben cumplir ciertas condiciones básicas: Los lactobacilos deben ser huéspedes habituales del intestino y ser capaces de adaptarse al medio intestinal. Deben sobrevivir a su paso por los diferentes tramos del organismo, sobre todo del intestino delgado, lugar donde se realiza la absorción de nutrientes.
Cumplidas estas condiciones, puede proce-derse a la elaboración del yogur con estos microorganismos. Desde el punto de vista bacteriológico, el yogur es el resultado de la fermentación o acidificación de la leche a causa de dos bacterias lácticas específicas: L. bulgaricus y L. termophilus. Estas especies en un principio no son colonizadoras habituales de nuestro sistema digestivo, sin embargo, si la alimentación les es favorable pueden permanecer y reproducirse en él durante un período de tiempo moderado (un mes aproximadamente). Los yogures que se comercializan en el mercado contienen generalmente bifi-dobacterium bifidum y lac-tobacillus acidophilus, especies habituales en la flora intestinal, por ello se insiste en sus efectos medicinales específicos. Sin embargo, todos los lactobacilos que se utilizan en la alimentación tienen un efecto regulador sobre la digestión, especialmente de los alimentos vegetales, al favorecer la flora de fermentación, es decir, los microbios intestinales que nos ayudan a digerir mucho mejor.

LACTOBACILOS: UNA DEFENSA NATURAL:
Los lactobacilos son microorganismos presentes en nuestro sistema digestivo, que ejercen importantes efectos benéficos sobre el organismo. En el intestino humano se localizan diversas especies de lactobacilos, entre ellos están: L. acidophilus, L. fermentan, L. bifi-dus, L. leichmani, L. brevis, L. plan-tarum, L. casei, L. salivaroes y L. cellobiosus. De todos ellos el que más destaca es el lactobacilo acidófilo (L. acidophilus), utilizado desde hace mucho tiempo con fines terapéuticos y últimamente en la alimentación. El L.acidophilus constituye una bacteria importante de la microflora intestinal humana que es empleado en la elaboración del yogur. El Dr. Metchnikov lo utilizó como tratamiento de la disbacteriosis intestinal, y en 1915 comprobó su actividad terapéutica. El especialista ruso demostró también la colonización del L. bulgaricus en el intestino humano a través del consumo del yogur. Hasta ese entonces se pensaba que el medio ácido del estómago y el jugo biliar podrían matarlos e impedir su colonización en tramos posteriores. Sin embargo, se comprobó su permanencia activa en el intestino lo que le permite ejercer su acción terapéutica. Algunos estudios realizados sobre el organismo humano señalaban que si se toman los lactobacilos procedentes del yogur, no debe cambiarse de tipo con demasiada frecuencia, pues las di-. ferentes especies pueden establecer una competencia entre sí. Lo ideal es hacerlo cada una o dos semanas, así la flora intestinal se mantendrá en mejor estado.

Yogur para todos los gustos:
En la elaboración del yogur, la industria utiliza diversas leches: enteras, descremadas o se-midescremadas; obteniéndose así los siguientes tipos de yogures:
NATURAL: Su composición se ciñe a la definición de yogur apuntada en todo el artículo.
ENTERO: Elaborado con leche entera y con un contenido graso mínimo del 0.5%.
DESCREMADO: Elaborado con leche descremada. Se incuba en los propios envases. Posee un contenido graso mínimo del 0.5%.
SEMIDESCREMADO: Elaborado con leche parcialmente descremada y con un contenido graso que oscila entre el 0.5 y 3%.
BATIDO: Incubado en un depósito, enfriado y batido antes de su envasado.
BEBIBLE: Su coágulo se rompe previamente al envasado.
AZUCARADO: Se le agrega azúcar para hacerlo más agradable al paladar.
LIGHT: Posee edulcorantes artificiales autorizados bajos en calorías por lo general es aspartame.
SABORIZADO: Posee agentes saborizantes artificiales que le confieren gusto a vainilla, fresa, durazno, cereza, etc. Algunos llevan colorantes.
FRUTADO: Con pulpa de diferentes frutas (durazno, fresa, etc.) que le aportan un 50% de azúcar, lo suficiente para darle un sabor dulce a todo el producto.
FORTIFICADO CON MINERALES Y VITAMINAS: Enriquecido con calcio, hierro o vitaminas Ay D.

Probablemente, a partir del momento en que se empezó a ordeñar los primeros animales de rebaño, el hombre incorporó a su dieta cotidiana la leche. Y el yogur quizá pudo inventarse o ser descubierto por mera casualidad. Tal vez alguien dejó la leche mucho tiempo por distracción, hasta que se fermentó, la bebió y saboreó su exquisito y suave sabor agrio. Sin embargo, hay constancia de que el yogur, bajo la forma de «leche agria» era ya conocido por Abraham, e incluso Moisés lo menciona en la Biblia como uno de los alimentos que Yavé dio a su pueblo.
Al parecer las comunidades nómadas del Sud Este asiático fueron quienes primero aprendieron las técnicas para la preparación del yogur, cuando al almacenar la leche en bolsas de piel, observaron que por acción del calor se transformaba en un producto viscoso, agrio y de agradable sabor. Luego el yogur ingresó a Europa y su consumo recién empezó a extenderse por todo el mundo a principios de este siglo, cuando se realizó la primera prueba con valor científico. El Dr. Elias Metchnikov, Premio Nobel de Medicina en 1908, mientras realizaba una ¡n vestigación sobre la longevidad en el Instituto Pavoter, observó que en Salcanas, una zona de Bulgaria, sus habitantes vivían mucho más tiempo que en otras partes del mundo. Dedujo que ello se debía a los hábitos alimentarios de los pobladores; y luego comprobó que la dieta del lugar se basaba principalmente en la ingestación de una leche que dejaban cortar en forma espontánea.
Así, el Dr. Metchnikov concluyó que el buen funcionamiento intestinal genera una salud equilibrada por ello en su tratado sobre longevidad recomienda al yogur como alimento fundamental.

Nuestras necesidades calóricas.
Generalmente se da por aceptado que la persona adulta necesita diariamente 40 calorías por cada kilo de peso; pero este cálculo es solamente aprox’mado y puede servir hasta los 70 kilos, dospués de los cuales hay que cambiarlo fundamentalmente.
Para determinar la cantidad de calorías que necesita diariamente cada individuo, debe establecerse primeramente su metabolismo basal y agregarle la suma de desgaste ocasionado cada día por sus actividades. Es lo que el Profesor J. Lefevre llama tan acertadamente, la Bio-Energética, o sea la relación entre la cantidad y calidad de los alimentos que se necesitan con la cantidad y calidad de energía que se quiere crear mediante la combustión y asimilación de los primeros.
Rendimientos básicos.
En el grupo do nuestros alimentos calóricos (Plótidos, glúcldos y lípidos) podemos sentar como base absoluta que, por cada gramo, los Albuniinoideos dan 4 calorías. Hidrocarbonos 4 Grasas 9 .
Si bien algunos autores marcan diferencias insignificantes (de uno o de medio décimo) que no merecen ser tenidas en cuenta.
Por lo expuesto, las grasas son los elementos nutritivos de mayor rendimiento calorífico; lo que no significa que, alimentándonos exclusivamente de productos grasos, podríamos resolver satisfactoriamente nuestro problema nutritivo. la expliqué anteriormente el porqué.

El yodo tiene efectos especiales y bien determinados sobre el buen funcionamiento del sistema endocrino, empezando por la tiroides. La falta de yodo provoca un hipertlroi-dismo o sea una secreción excesiva de las hormonas de estas glándulas.

El hierro es fundamental en la constitución de la hemoglobina de nuestros glóbulos rojos. Por eso, la falta de hierro provoca la anemia, el linfatismo y hasta la clorosis.
La cantidad diaria de hierro que necesita el hombre oscila entre uno y dos miligramos. Las espinacas, la cebolla, el ropollo son ricos en hierro.

El azufre se encuentra principalmente en las albúminas. ‘Por eso se nota un intenso olor a sulfuro cuando se rompe un huevo en estado de descomposición.
En el hombre entra en la composición de los cabellos, las uñas, la epidei’mis y algunos humores.
La mayoría de las leguminosas, principalmente los porotos, contienen cantidades apreciables de azufre.
El azufre es laxante y purificador de la sangre.